Pertenezco a la generación de colombianos que tuvimos padres que decían NO.
A los niños y jóvenes de ahora, por los que hemos estado preocupados de que no se vayan a frustrar, les puede parecer un asunto de ciencia ficción que hace muchos años hubo padres de familia que no daban permisos para salir a jugar; que no compraban los juguetes que uno pedía, que no dejaban ver televisión hasta la hora que se nos diera la gana o que no nos daban gusto con la alimentación.
Los sociólogos y psicólogos están llamando la atención de que los hijos de ahora se están convirtiendo en dictadores, tanto en el hogar como en las instituciones educativas y que los padres no saben cómo reaccionar; están desorientados.
Puedo dar fe de que mi padre sí sabía como reaccionar y que durante décadas no hubo la menor posibilidad siquiera de dudar cuando daba una orden. Esas disposiciones jamás se discutieron y ni siquiera se concertaron. Simplemente tocaba obedecer “y con la boca cerrada”.
Estuve buscando información sobre los cambios que se han producido en la educación y en la crianza de los hijos y la explicación que dan los expertos es que, en efecto, existe hoy una absoluta pérdida del respeto a la autoridad familiar. La mayoría de los padres modernos no saben o no sabemos decirles NO a los hijos cuando eso es lo que conviene y tampoco tenemos idea de cómo hacer para que acepten las normas.
La explicación que dan es que lo más frecuente ahora es que los dos padres trabajen y que, ante el estrés y la incertidumbre laboral e incluso la crisis de las parejas, cuando ellos llegan a casa prefieren evitar los enfrentamientos y el enfado con sus hijos.
Lo que llama la atención es que con mucho, muchísimo menos de los que tienen los menores de ahora, los niños y jóvenes de hace 30, 40 ó 50 años fuimos felices.
En esa época, por ejemplo, la entrega de regalos en Navidad no duraba horas, como ocurre actualmente; pero un carrito de plástico nos hacía felices durante meses.
No había videojuegos, consolas, aplicaciones ni mucho menos drones; pero había más amor y hoy debo agradecer a mi Padre porque nuestra familia se mantuvo por su coraje y su autoridad.
Hasta ahora empiezo a entender sus órdenes incontrovertibles, sus métodos, sus preocupaciones por nuestros estudios y por nuestro futuro y hasta sus castigos. Por todo eso, Muchas gracias Padre…


